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lunes, 11 de noviembre de 2013

CAPÍTULO 06 - BORIS: UNA CARTA PARA LENKA


Estaba buscando algo más que el olor de


la pólvora y que mi casco verde, y mi

jersey con el número siete; acostumbrado
 
a la velocidad y la amnesia —pero no esto. Es

raro —siempre creí 

desear unas noches así, besarte bajo el neón del circo,

inventar un pasado en el que

nadie pudiera capturarnos con un truco de la memoria. Y en cambio

debo dejar el pueblo. Pensaré en ti la próxima vez que

esté dentro del cañón, y la siguiente. Y te recordaré

como la verdadera dueña del perfume

aquel, el que todo lo cura. Lenka: espero que jamás me

rechaces, ni a mis palabras (¿recuerdas? "yo

me enfrento al demonio...") que terminan aquí, en

el próximo verso, sin decir

nada más.

lunes, 14 de octubre de 2013

CAPÍTULO 02 - QUIM: AL BAJAR AL PUEBLO

El domingo

a mediodía bajo al pueblo, dejo la camioneta

en el inmenso parking del hipermercado —donde

el muchacho de la gorra blanca me saluda

y prosigue su ronda, entre cientos de marcas en el cemento

que indican dónde deberían estacionarse todos esos

vehículos que nunca llegarán hasta aquí— y tomo

de la guantera mi cuaderno, y mis gafas

de sol; y salgo. Importa poco

cargar el cajón de madera con el tomate, y la

lechuga roble, y los espárragos, de una punta a la otra

del vecindario: el domingo

se parece a este perro que ahora cruza la calle

—entre incrédulo y somnoliento— con esa laxitud

que la muerte admite en sus tareas. Primero veo a Bernat, 

y a los otros que, apoyados en sus motos, conversan sin demasiado ánimo

con las chicas de la piscina: bajo un olmo, Bernat

le alcanza un cigarrillo a una de ellas, y veo el humo subir

por los rayos de sol que se filtran

entre las ramas. También esto

sucede en la misma luz acuosa e indolente. Y después es Lenka

quien me mira desde la barra de la pizzería: levanta 

la cabeza, y vuelve

a concentrarse en el vapor con que quita las manchas

de las copas. Ahora sé —al pasar

con mi caja frente a la iglesia, donde algunos vecinos

despiden a la señora Llobet— que la causa de todo

es la Gran Mancha Roja de Júpiter, y al caminar

es esa convicción la que ordena a cada paso 

las legumbres. Me detengo, no para saludar 

a un cuerpo que ya nos ha abandonado, sino por ver

del otro lado de la calle, la explanada

donde el circo comienza a desmontar sus lonas, consciente

de lo poco que queda por hacer en el pueblo, nada.